lunes, 8 de junio de 2015

EDUCACIÓN INCLUSIVA. JUSTA Y NECESARIA
Frente a las escuelas y su diversidad, es importante como Iglesia Católica poder incluir a TODOS. “Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y de un compromiso profundos, para que la nueva cultura que está emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la sociedad. De este modo el «nuevo humanismo» no apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella de manera más plena.”[1]
Ahora bien, ¿Cómo podemos incluir a aquellos con capacidades diferentes, dándole la mejor evangelización y educación posible? Y, específicamente, ¿Cómo incluir a los niños con síndrome de Down u otros? La labor no es fácil y sin embargo es justa y necesaria. En estas líneas compartiré algunas directrices.
a. Incluirlo en el grupo: No haciéndolo sentir un extraño en el grupo. Hemos de saber que la mayoría de niños con este tipo de patologías son cariñosos, inteligentes y sensibles, por ello es preciso conocer en cada caso los aspectos que pueden limitar su capacidad y la forma cómo expresan sus sentimientos. Generalmente reaccionan bien al tratamiento y pueden alcanzar una vida personal y profesional autónoma, aunque socialmente persistan algunas características singulares.
b. Interacción con los familiares: El docente, desde su formación, ha de tener en cuenta estas particularidades. Los padres son, sin lugar a dudas, los que mejor conocen a sus hijos. Es muy importante recoger información sobre las capacidades del niño pues es a través de ellas como podremos atender con mayor eficacia sus dificultades.
Así pues, se podría solicitar información sobre lo siguiente:
-          las capacidades de su hijo,
-          sus mayores dificultades,
-          maniobras para calmarlo en situación de estrés o rabietas,
-          aspectos para él insoportables: ruidos, gritos, que le toquen etc.,
-          y situaciones relajantes para él.


c. Buscar el bienestar del estudiante: Aquí lo fundamental es que el alumno sea feliz, no sólo el mismo sino el entorno que lo rodea fomentando la integración. Que el grupo sepa que “11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza[20]: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.”[2] Y por esto mismo debe dialogar con respeto teniendo en cuenta que ellos también son hijos de Dios.  

d. Trabajo con el grupo de estudiantes: Otra cosa importante es una conexión no solo con los padres sino con los alumnos introduciéndolos en este “otro” que se me presenta. Es importante que el grupo sea consciente de:
  • Vocabulario singular.
  • Tendencia a la interpretación literal.“Estoy roto o muerto de cansancio” puede ser para él una fuente de ansiedad por interpretar la muerte o la rotura de forma literal. Escasa o nula comprensión del lenguaje metafórico que repercute en dificultades de comprensión global del discurso, que también son evidentes cuando se habla de temas no cotidianos, nuevos para él o se le dan órdenes fuera de la rutina.
  • Dificultad para respetar turnos de palabra y de acción.
·         Utilización inadecuada de los pronombres. Pueden referirse a ellos mismos en tercera persona o por su nombre.
  • Escasa interpretación y utilización del lenguaje no verbal.
Los elementos son diversos, yendo de la teoría a la práctica, en los siguientes artículos que iremos compartiendo nos explayaremos más en algunos otros detalles. La educación inclusiva es justa y necesaria, es responsabilidad de todos, y con mucha más razón de las escuelas católicas. Es por ello que no debe ser pasada por alto.






[1]  Juan Pablo II, EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO, 8.
[2]  Ibídem.


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