Vivimos en un mundo complejo, los
fenómenos sociales suceden con rapidez planteando nuevos retos a los que la sociedad debe ofrecer respuestas. Los movimientos migratorios han situado en
un mismo espacio a personas de muy diferentes orígenes culturales o quizás,
dicho de otra manera, han puesto en evidencia lo que ya antes era una realidad:
vivimos en una sociedad pluricultural (multicultural).
Dentro de toda
esta realidad, que parece ser caótica y desafiante, ¿Estamos dando pasos como
comunidad y sociedad ante la incuestionable presencia de otras culturas en
nuestro espacio? Partamos conceptualizando algunos términos claves:
La educación es «el instrumento del
desarrollo integral de la persona humana y de su socialización»[1].
Puede tener lugar a cualquier edad, gracias a la acción de múltiples
instituciones tales como la familia, la comunidad o el contexto laboral, o
mediante la interacción con el entorno natural, especialmente cuando esa
interacción está social y culturalmente determinada. De todas esas
instituciones que ejercen su influencia, la escuela sigue siendo la institución
educativa más visible.
La cultura, por
su parte, es el núcleo de la identidad individual y social y es un elemento
importante en la conciliación de las identidades grupales en un marco de
cohesión social. Al hablar de cultura se hace referencia a todos los factores
que configuran los modos en que un individuo piensa, cree, siente y actúa como
miembro de la sociedad.
La interculturalidad es un concepto
dinámico y se refiere a las relaciones evolutivas entre grupos culturales. Ha
sido definida como «la presencia e
interacción equitativa de diversas culturas y la posibilidad de generar
expresiones culturales compartidas, adquiridas por medio del diálogo y de una
actitud de respeto mutuo»[2].
Percibir la
dimensión auténticamente intercultural es posible gracias a su fundamento
antropológico. En efecto, el encuentro se realiza siempre entre hombres
concretos. «Las culturas toman vida y se
reformulan una y otra vez a partir del encuentro con el otro. Salir de sí
mismos y considerar el mundo desde un punto de vista diverso no es negación de
sí, antes al contrario es un necesario proceso de valorización de la propia
identidad. En otros términos, la interdependencia y la globalización entre
pueblos y culturas deben estar centradas en la persona».[3]
Hay tres puntos
fundamentales sobre los cuales se puede entretejer esta realidad
educación-diversidad cultural: 1) Decidirse a pensar juntos: es la tarea central
de la escuela es formar ciudadanos que piensen. 2) Dedicarse a pensar cuando todo
se opone a ello: requiere audacia. Desbaratar la trampa de separar lo
intelectual de lo emocional, el pensamiento de los afectos. Pensar es vivir y
generar vida nueva. Se puede aprender a pensar, desde lo nuevo y lo diverso
rompiendo con estructuras y modelos obsoletos de enseñanza. Decidirse a
trabajar juntos para empezar a transformar la realidad. 3) Decidirse a sentir: Si algo ha perdido el sistema educativo es la “persona”. Es
básico que los profesores y la escuela recuperen la expresión de los sentimientos,
las emociones, la ternura y la comprensión para hacer reales los procesos de
humanización. Como aclara la Encíclica Divini Illius magistri del papa Pío XI,
81 : “La educación cristiana comprende
todo el ámbito de la vida humana, la sensible y la espiritual, la intelectual y
la moral, la individual, la doméstica y la civil, no para disminuirla o
recortarla sino para elevarla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y
la doctrina de Jesucristo”.
Este proceso de
aprender lo diferente requiere un: conocer, hacer y ser. Conocer lo diverso,
hacer un esfuerzo por salir de nosotros mismos hacia un tú o ellos pero no
hecha y ser nosotros“mi identidad es lo que hace que yo no sea idéntico
a otra persona” [4]desde lo que
podamos enriquecernos del otro como tierra fértil de aprendizaje. Toda cultura
es básicamente pluricultural, es tierra fértil para aprender. Es decir, se ha
ido formando, y se sigue formando, a partir de los encuentros entre distintas
comunidades de vidas que aportan sus modos de pensar, sentir y actuar.
Evidentemente los intercambios culturales no tendrán todos las mismas
características y efectos. Pero es a partir de estos contactos que se produce
el mestizaje cultural, la hibridización cultural.Una cultura no evoluciona si no
es a través del contacto con otras culturas. Pero los contactos entre culturas
pueden tener características muy diversas. En la actualidad se apuesta por la
interculturalidad que supone una relación respetuosa entre culturas, en
términos bíblicos creemos que «cada ser
humano está llamado a la comunión en razón de su naturaleza creada, a
imagen y semejanza de Dios (cfr. Gén. 1, 26-27)
La escuela y
soñando con un horizonte más amplio, la sociedad debería ser un espacio en que
las personas aprendieran a comprenderse y a comunicarse desde nuestras
diferencias y similitudes, desde lo cultural y familiar. Como señala Morín,
“... la comprensión es al mismo tiempo
medio y fin de la comunicación humana. Ahora bien, la educación para la
comprensión está ausente de nuestras enseñanzas. El planeta necesita
comprensiones mutuas en todos los sentidos. Teniendo en cuenta la importancia
de la educación para la comprensión en todos los niveles educativos y en todas
las edades, el desarrollo de la comprensión necesita una reforma de las
mentalidades. Tal debe ser la tarea para la educación del futuro. […] La
comprensión mutua entre humanos, tanto próximos como extraños, es en adelante
vital para que las relaciones humanas salgan de su estado bárbaro de
incomprensión. De allí la necesidad de estudiar la incomprensión desde sus
raíces, sus modalidades y sus efectos. Este estudio sería tanto más importante
cuanto que se centraría no sólo en los síntomas, sino en las causas de los
racismos, las xenofobias y los desprecios. Constituiría, al mismo tiempo, una
de las bases más seguras para la educación por la paz, a la cual estamos ligados
por esencia y vocación”[5]
Desde la educación
para la paz, podemos hacer y pensar la
diferencia y la diversidad existente entre los seres humanos, como fuente de
enriquecimiento personal y social cuando esa pluralidad se articula en virtud
de relaciones cooperativas y solidarias. Asimismo, se acepta que tal diversidad
conlleve, como consecuencia, divergencias, desencuentros y conflictos. Juntos es posible construir esta civilización del amor, desde los corazones y las
conciencias.
[1]
UNESCO (1992): Conferencia Internacional de Educación, 43ª reunión, La
contribución de la educación al desarrollo cultural.
[2]
Artículo 8 de la Convención sobre la protección y promoción de la diversidad de
las expresiones culturales (UNESCO, 2005)
[3]http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccatheduc/documents/rc_con_ccatheduc_doc_20131028_dialogo-interculturale_sp.html#Actitud_intercultural
[4]3
MAALUF, Amin, las identidades que maten. Por una mundialización que respete la
diversidad.

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